Si hay padres y madres que se preguntan (y preocupan por) si sus hijos e hijas adolescentes ya tienen relaciones sexuales, la respuesta es que sí (seguramente). Hoy lo extraño sería que no, entonces la inquietud no debiera estar centrada en si ocurre, como en sus circunstancias.

Son varias las aristas y caras ocultas que conlleva una “sex party” para jóvenes y menores como la que fue montada en la ciudad de La Paz, hace unos días, y que derivó en la intervención policial y procesamiento de sus organizadores, acusados por corrupción de adolescentes ya que en la fiesta, planificada como negocio, se les incitaría a consumo de alcohol y al sexo.

El revuelo creado por esta fiesta sexual explícita, en una sociedad boliviana bastante conservadora, ha provocado opiniones de quienes ven este hecho como algo amoral y de riesgo y de quienes defienden la libertad sexual de la juventud.

Más allá de la polémica suscitada, esta fiesta nos lleva a preguntarnos otras cuestiones reveladoras: ¿Cómo se cataloga socialmente a quien asiste si se hace la diferencia entre hombre y mujer? ¿Podían ir homosexuales y ejercer su gaycitud o lesbianidad? ¿Cuál es la diferencia de roles entre hombres y mujeres asistentes? ¿Qué modelos de ejercicio sexual tiene un adolescente?

No hay que ahondar demasiado para suponer que la asistencia de adolescentes homosexuales no estaba ni imaginada ya que, como mínimo, pondría en duda la hombría de todos los varones asistentes. Este punto es muy largo de tratar y como el objetivo sólo era llamar la atención sobre él, lo dejo.

En una fiesta sexual hetero hay necesariamente hombres y mujeres; sin embargo, que un adolescente varón participe no tiene la misma connotación que cuando el foco de atención es una mujer, porque entonces ¡Horror, mi hija es una puta!! Toda la carga de crítica moral cae sobre ella, no sólo desde las personas adultas que opinan, sino desde los mismos entornos adolescentes. “La muy guarra estuvo allí”. Nadie se escapa de las convenciones morales en la sociedad que hoy en día es patriarcal.

Es así que las chicas que se sienten muy dueñas de su cuerpo y de sus decisiones se pueden hallar, en ese contexto, con quienes no respetan ni valoran esa su autonomía, sino que la “aprovechan”. Es decir que ese cuerpo femenino empoderado se vuelve objeto para uso masculino y para una joven esto no es fácil de gestionar.

En las sociedades tradicionales con gran influencia de la religión católica, como la boliviana, el rol social de las mujeres en las relaciones sexuales con hombres debe ser pasivo y receptor si es esposa y puede ser más activo si no lo es, pero siempre el sentido es brindar placer a él. Aquí una vez más el cuerpo es objeto para la procreación o para la satisfacción del varón. Las revistas de mujeres donde, de manera “transgresora” enseñan a las mujeres a ser perfectas amantes, dan detalles de cómo hacer una felación, por ejemplo, y no en lograr un propio orgasmo.

Si bien el sexo es innato en las personas, las prácticas sexuales son aprendidas socialmente, las maneras de hacerlo son valoradas e inclusive juzgadas. Este aprendizaje, que en las escuelas y hogares es casi inexistente y centrado en la procreación, llega y marca a quien es principiante con sus formas predominantemente machistas, donde la relación sexual implica sometimiento femenino e inclusive violencia hacia ella y donde a atención se centra en el coito, no en los preliminares generosos y maneras compartidas de disfrute.

Una fiesta sexual para adolescentes en este contexto machista no es el mejor lugar para aprender y ejercitar el sexo, más allá de los riesgos de contagios y de embarazos no deseados que también existen. Este caso es una oportunidad para plantear una forma de encarar la vida sexual placentera sin cuerpos objeto, sin violencia, en igualdad de condiciones y con respeto por las personas.

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